jueves, 25 de agosto de 2011

Medias verdades, medias mentiras. Todo a medias (II parte)

Para Isabel todo ha terminado. Ya la suerte está hechada. No queda tampoco la opción de tirar la moneda al aire. Cara, Cruz, Sol, Espada.... No más largas, desesperadas y locas caminatas matinales. Se dio cuenta al llegar al final de la calle y estar a dos puertas de la suya. Todavía podía girar a la derecha, seguir adelante. Detenerse, dar la vuelta. Cualquier movimiento la llevaría a nada. A Isabel se le acabaron los estornudos con sólo poner su pie derecho descalzo en la lozeta del piso de su cuarto. Ya no escucharía a los zanates escandalizados con la primera luz de día; tampoco se vería obligada a encender la radio a las cinco de la mañana y escuchar los parloteos del locutor del noticiero con la esperanza de que le marque y anuncie cada minuto que transcurre para empezar la rutina del día. No tendría que pringar sus primeros orines con la satisfacción de vaciar una noche de descanso

Ella no debía desenmarañar sus ojos que se revelan  al abrir la cortina de la ventana; retorcerse en la cama, como una gata vieja, sentir que los huesos se acomodan despacito con dolor. Ella en ese ritual mañanero se movía con ternura para ajustar su cuerpo. Isabel pide en silencio mientras arrastra sus pasos que vayan marcando el ritmo hasta la cocina para preparar el café. Su último café.

El anuncio no llegó marcado en una hoja blanca, pequeña, tostada. Tampoco quedó guindada en una llamada perdida. No quedó en un chat del teléfono esperando responder. El mensaje no quedó marcado por la angustia de las taquicardias y la lengua seca como suela de vaqueta en verano. No llegó en el carro azul metálico con el número de placas que identificó en una foto de un sitio virtual; ni venía en el cargamaletas del techo.

El fin llegó. Isabel está perdida entre medias verdades y medias mentiras.

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